EPISTOLAS #2
- Vera Alimonda
- 17 jul
- 5 Min. de lectura
OLOR A CALLE
Hola. Soy Vera: astróloga, tarotista y escritora argentina. Estudio la carrera de Antropología y una Diplomatura en Liderazgo Político y Social con perspectiva de género. Soy Comunicadora Social, divulgadora de prácticas simbólicas y docente en una unidad carcelaria . Tengo 4 hijos y vivo en Bella Vista, provincia de Buenos Aires.
Bienvenida a Epístolas, una serie de cartas escritas desde la experiencia, con la intención de compartir cuestionamientos y hallazgos. Un espacio para escribir sin la urgencia ni los condicionamientos de las redes, con el deseo de sostener una conversación más profunda, un territorio de posicionamiento: no neutro, no decorativo, no complaciente. Acá escribo para pensar, para romper, para preguntar y para dejarme transformar.
Epístolas es escritura situada, encarnada, permeable a lo político, a lo social y a lo simbólico.
En una de las materias de la Diplomatura de Liderazgo Político y Social con perspectiva de género que estoy cursando, analizamos la calle. Sí, como lees. Me pareció una maravilla descubrir que algo tan mundano tiene un trasfondo cultural tan vasto y profundo. La analizamos en su sentido más terrenal, como espacio físico y simbólico, y como constructor de identidades. Mientras leía los apuntes me acordé de que, en una oportunidad, llevé al penal una donación de cuadernos de Somos Tarpur. Mi escolta - como le digo a quien la institución me asignó para que ingrese como mi acompañante cada semana- grabó la secuencia con el celular. Cuando revisé las imágenes, quedé impresionada. Vi a las chicas acercarse los cuadernos a la nariz para olerlos mientras hacían correr las hojas. Suspiraban y se decían entre ellas: “Tiene olor a calle” (muchas de Uds vieron la secuencia en mis redes, fue realmente impactante). “Olor a calle”, ¿se dan cuenta? Dijeron mucho más. Dijeron nostalgia, dijeron deseo, dijeron memoria. Dijeron exclusión. Dijeron “Ahí, donde no estamos”.
La pena privativa de la libertad es, justamente, quedar desplazadas del espacio público. No estoy descubriendo la pólvora, pero en mi cabeza voy entendiendo, comprendiendo, asimilando, descubriendo. Lo que veo, lo que escucho me devela capas de una realidad que siempre estuvo, que siempre existió, solo que ahora la presencio, quizás con más conciencia, y con tristeza.
La calle y la cárcel son escenarios simbólicos, cargados de sentidos que atraviesan la historia, el cuerpo, la política. Como advierten muchas voces en la antropología contemporánea —entre ellas, la de Rita Segato— las cárceles no solo encierran personas, sino también determinadas narrativas sobre el orden, la desviación y la “normalidad”. Una cárcel funciona como el dispositivo por excelencia para señalar lo inaceptable, lo que no debe circular, lo que debe mantenerse fuera del espacio compartido, popular y colectivo. Para el segmento de mujeres a las que enseño cada semana, la calle de la que fueron desplazadas era, además, el barrio, el punto de encuentro, la lleca, la matriz donde se perciben y constatan sus identidades, sus amistades y vinculaciones, donde se construyen alianzas y también donde se destruyen. Representa un territorio de conquista, de puja, de intercambio, de negociación permanente. Por eso, cuando se pierde el acceso a la calle, además de perderse el derecho al tránsito, se pierde un lenguaje, un código y una red de pertenencias. Se rompe, en algún punto, el mapa simbólico que estructura la vida cotidiana, le da sentido y la sostiene.
La cárcel no sólo clausura cuerpos sino también formas de habitar el mundo que, en ese corte, en esa interrupción abrupta, deja marcas. La pena se vuelve privación pero, por sobre todo, desposesión. El afuera se vuelve un recuerdo, un anhelo, un mito. De ahí el gesto de oler un cuaderno nuevo como quien respira un pedazo de ese mundo perdido, porque ese “olor a calle” condensa toda una experiencia de desplazamiento simbólico.
Y entonces la calle deja de pertencerles. El miedo es que, de a poco, la calle las olvide. O que ellas la olviden.
Desde esta perspectiva, la cárcel es un espacio liminal, como diría Victor Turner: un umbral donde lo social se pone en pausa. Nada más solitario que quedar divorciadas del tejido social, de sus ritos y de su ritmo. Porque lo que se interrumpe no es solo el acto de transitar libremente, sino que se interrumpe la secuencia vital compartida: las fiestas populares, las discusiones de pasillo, el olor de la panadería, el ruido del tráfico, las conversaciones de vereda, las caras nuevas, el código del barrio, todo lo que marca el tiempo y pone al cuerpo en el presente.
Pero también —o al menos así lo elijo mirar— la cárcel habilita otras formas de subjetividad. En ese umbral en el que todo quedó en pausa, va emergiendo, muy de a poco, muy despacio, la posibilidad de inventar otros modos de estar. Cuando inicié las clases de Tarot, eran 16 mujeres. El resto no participaba, y aguardaba en su celda. En la tercera clase ya no quedaban mujeres adentro: la totalidad del pabellón se sienta desde entonces, cada martes, a leer personajes y símbolos plasmados en tarjetas. El Tarot se vuelve calle interior, pasaje, afirmación, una forma de re-existencia. Una práctica simbólica que no niega la realidad, pero la reescribe. Una experiencia colectiva de lectura que, como la calle, permite encontrarse y conspirar. Porque incluso entre esos muros, toda práctica que despierte pensamiento se convierte en territorio de pertenencia, en una callecita íntima, propia, nueva, diferente, con rincones a diseñar, a decorar. Una callecita como una guarida, con símbolos como llaves que abren grietas en la piedra de lo instituido, donde lo marginal deja de ser invisible y se vuelve territorio legítimo y fértil.

Créanme que ahí, donde todo está regulado, cronometrado y vigilado, hay gestos que son vías hacia la liberación: elegir una pregunta, elegir una carta, elegir una manera de interpretarla, todo eso también es ejercicio de libertad. No en el sentido ingenuo de evasión, sino en el más profundo: el de una subjetividad que insiste, que persiste, que traza mapas nuevos con lo que hay.
Soy idealista pero no ingenua. Sé que no podemos derribar muros con símbolos. Pero sí horadar sentidos, y a veces, eso basta para que una pequeña calle interior se mantenga viva. Para que aún en el encierro, algo del afuera siga respirando dentro.
Gracias por acompañar esta segunda entrega. De la primera surgieron reflexiones muy interesantes que me compartieron por mail, pero sepan que pueden compartirse en comentarios aquí debajo. Me encantaría leerles, y que Epístolas habilite un intercambio que recupere nuestras voces y formas de mirar el mundo. Que sea un espacio para pensar(nos), sentir(nos) y también para acompañar(nos), sabiendo que escribir —como leer— puede ser una forma de resistir, de cuidar y de crear comunidad.
Gracias por elegir habitar este borde conmigo.
Nos seguimos leyendo, Vera.
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